1586

Cruz con musgoEn 1586 te conocí. 

 

Llegaba diligentemente en carroza a la plaza del altozano, para ratificar unos edictos reales ante el corregidor de la ciudad. 

 

Entre la multitud, y subida en los escalones de piedra de una cruz de granito… Allí te vi, por primera vez. 

Calmando a las gentes con esa voz, con ese trino natural y brillantemente sereno que cautivaba y amansaba a todo aquel que deseaba parar un momento de sus quehaceres matinales para escuchar la voz de Dios, hecha mujer. 

 

Paré, me despojé de las insignias reales y bajé. Caminé, atónito, dulcificado, llamado,… hasta los pies de la Cruz. 

 

Fijaste tu mirada en mí, mientras me iba acercando pausadamente. Al llegar hasta el primer escalón extendí mi mano hacia ti. Sin mediar palabra, la tomaste y… acto seguido nos vimos sumidos en un torbellino de luz dorada intensa y… Desaparecimos… 

 

Sin saber el porqué, reaparecimos en una pradera calma, al lado de un arroyo, escuchando el trino de los pájaros, en quienes habías delegado tu canto mientras nos amábamos entre flores y hierbas altas oliendo la humedad primaveral y conquistando ese momento de reencuentro, vida tras vida… 

 

Sin palabras, sólo los gestos que han mantenido y afianzado nuestro amor durante todos estos siglos… 

 

La sorpresa de los reencuentros… 

 

Un amor ajeno al tiempo, entre los tiempos… 

 

© Roberto Sastre Quintano.

Madrid, 18/02/2018.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *